Por fin retomamos nuestra vida habitual: habemus curso, si cursillo de informática. Estoy de los nervios y más salido que una mona.
Durante toda la mañana doy vueltas como un poseso por el patio, esperando que llegue la tarde. Llevo en mi mano la media docena de cartas que me ha escrito en las últimas semanas la Paula, cargadas de perfumazo y de proposiciones eróticas, también de amor incondicional.
El olor y las propuestas guarras me la ponen dura en cada ocasión que las abro y las leo. Pero cuando llego a las propuestas amorosas, de esas de unión para toda la vida, se me reduce al tamaño de un insecto. Sin embargo, la libido no desaparece y la necesidad de sexo animal me supera.
Por otro lado, aún estoy avergonzado del gatillazo en forma de coitus velocísimus -o como coño se diga en latín, que pá eso lo estudié en el cole, aunque nunca llegué al aprobado- de la última ocasión en el tigre del socio. Mira que correrme en los gayumbos y sin sacarla, sin sacarla del gayumbo, quiero decir.
Cuando la veo esta tarde me pongo a temblar. La muy cabrona se ha colocado una culifalda que apenas le tapa el culo y las bragas. Calza unos zapatos de tacón de aguja y todo ello cubierto por un chaquetón. Lo descubro cuando nos sentamos en clase y se desprende de su abrigo, chaquetón o lo que coño sea. Solo con verle el muslamen, sentada y con la falda por el obligo, la erección que se me organiza no pasa inadvertida a los ojos sagaces de la latinoamericana. Entonces se echa sobre mí aparentando darme un beso de saludo, mientras su mano, apenas visible para el resto, se posa sobre mi pollón que no cede a la presión. Sonríe.
-Hoy no se me escapa esa columna, la de lejitos –me suelta al oído.
Dicho y hecho. Terminada la primera parte de la clase, salen varios y varias en carrera a la caza y captura de las columnas. Mi chica, más avispada, pone la zancadilla sin querer queriendo, a una chola que rueda por el suelo, mientras ella alcanza la meta.