El vis fue entrañable. Llegaron con el espíritu navideño aun enganchado al cuerpo, y cargados de regalos. Todos de buen humor y una aparente ganas de verme: en lo que a mi mama y el crío se refiere, no me cabe la menor duda.
Mi madre me trajo una chupa molona de color granate –por eso de que aquí no puedes ponerteropa de color azul oscuro, no vaya a ser que te confundan con un jincho-, y unas tenis. Patricia me regaló el último libro deJavier Moro, porque parece que ganó elpremio Planeta de este año y ahora lo lee hasta el apuntador. Y mi hijo, pues nada, me trajo un dibujo precioso, donde aparece un señor alto, grande y sonriente, tomado de la mano por una mujer guapa y un niño con una boca inmensa. Se da por hecho que somos nosotros, la familia feliz; el pobrecillo anhela volver a sentir a sus papás juntos, en familia. Lo que no sabe el pobre crio, es que su padre ahora está tachado de delincuente y permanece en eltrullo, y que la madre, pues nada, que le ha dado por dedicarse a la vida licenciosa y anda liada con el abogado de su papa, pero aparte de estos pequeños detalles, el resto funciona de maravilla… pobre niño.
Bueno, como decía, el vis a vis transcurrió de manera agradable, con pocos reproches, aparte de los de siempre: que si el dinero, que por tu culpa, que lo sola que estoy, y yo mirando al techo y controlándome por no soltar una barbaridad delante de mi madre.
El niño estuvo aferrado a mí durante la hora y media que duró la comunicación. Y que decir de los regalos que les hice: mi madre, la pobre vieja, se puso a llorar al ver el cuadro en hilo, el niño se emocionó con suMicky, Minnie y toda la familia ratonil, y Patricia… dio las gracias, miró su colgante de soslayo, me dio un beso mejillero, y lo guardó en el bolso, con algo de mosqueo por parte de mi madre ante la falta de emoción de su nuera. Tampoco me esperaba que diera saltos de alegría, pero hubiera podido mostrar algo más de cariño, y no hubiera quedado nada mal.