Llevo arrastrando toda la semana el mal rollito de la movida con Pati. Mi estado varía como el pollo agridulce: de la tristeza más profunda en los momentos en que pienso en la actitud de mi mujer, a la felicidad más enorme por mi probable puesta en libertad. Lo agri del pollo me afecta más que el resto.
Por ello, por la tarde y nada más llegar al curso, me abandono desesperado en brazos de Paula, en busca de algo de cariño, de compañía, y también de sexo, porque no decirlo.
Durante la clase, la suramericana, ya satisfecha por mi decisión de solicitar el vis a vis íntimo y a la espera de que nos lo autoricen, y a la vez, consciente de mi tristeza actual, se desvive haciéndome continuas carantoñas para alegrarme la jornada. Y lo consigue, tanto es así, que a la hora del café y ya no contentos con las columnas, nos escurrimos, primero uno, después el otro, al tigre de la planta baja.
En esta ocasión no me bajo al pilón ni me corro en mis gayumbos. Nada más encontrarnos frente a frente en el diminuto espacio del tigre, le bajo los pantalones mientras ella introduce su mano por la cremallera de los míos para sacarme el nabo, grueso como una yuca y empapado a todas luces. La giro sobre si misma, introduzco mi mano entre sus muslos, y preparo la penetración que ejecuto como un animal.
Un gruñido de gata en celo parte de su garganta, berrido que bloqueo con mi mano derecha para evitar que los jinchos de la garita nos escuchen. En difícil equilibrio le atizo un par de empellones más hasta metérsela en las entrañas. Poco me queda por hacer. Andamos ambos tan cachondos, que con dos o tres golpes de cadera descargamos todas nuestras reservas, primero yo soltando un gemido gutural, y al instante ella, incitada por la sensación de los líquidos que siente penetrar su interior.
Cuando subo, me encuentro de frente con la mirada inquisitiva del profe. Me sonríe. Creo que contamos con un aliado.