Hoy toca limpieza general. Todos, exceptuando los que ya tenemos destino, son aprovisionados de escobas, traperos y trapos, y cada cual limpia sucelda, su mesa de comedor y los cristales bajo la supervisión de los jinchos, que enguantados, controlan las labores.
No contentos con ello, al finalizar dichas labores agarran a los guarros del patio y en fila india los pastorean a las duchas. Ahí, uno a uno, son obligados a empelotarse y a ponerse bajo el chorro de agua.
-Que mire, don Juan, que tengo el VIH y si me constipo me piro al otro barrio –suelta uno esquelético que lleva el bicho desde hace años.
-A ver, señor funcionario, que me mojé hace tres semanas, y ando aseau.
-No, que el agua me sienta mu mar.
Y así, cada cual con su pretexto, termina bajo el chorro caliente que al cabo de un rato expulsa tan soloagua helada. Desde el patio se oyen los gritos de desesperación de los que sobreviven al congelamiento.
Todos sabemos que los primeros que se duchan por la mañana o al bajar de la siesta son los que pillan el agua caliente; el resto, na de ná. Aunque en los chabolos también contamos con ducha, muchos, por vergüenza torera, por la presión del agua, o por la sudada que produce jugar un partidillo en el patio o alzar pesas en el gimnasiodel mismo, utilizan las duchas del patio en lugar de la de las celdas.
Me arriesgo y vuelvo a llamar a Patricia: me contesta mi hijo. Le comento veladamente que quizás vuelva a casa en breve, ya que mi trabajo que tenía tan lejos se acaba. Él solo me pregunta que, cuándo, papi, incrédulo y queriendo conocer la fecha y la hora, tan propio de los niños que desean guiarse por datos concretos y no por vaguedades. Cuando queda un minuto para cortarse, pregunto por su mamá para que me la pase. Escucho el, mami, papi quie hablá contigo, y la respuesta de la mama, no puedo, estoy ocupada. ¡Zorra!