Anoche dormí como un bendito. La mamada de la Paula me elevó a la estratosfera, para después caer como un saco de patatas; pero qué caída: celestial. Y por ello me plegué en el sobre, y solo salí de mi ensueño al oír el ruido metálico de las llaves en el recuento de las ocho de la mañana.
¡Vaya semanita! El lunes el vis a vis con mi familia, y el jueves, el íntimo, intimísimo con mi amante de encierro.
A medida que pasan los días en el destino de biblioteca estoy más a gusto, aunque contando los que faltan para que me den la libertad bajo fianza; pero ni con esas las tengo todas conmigo de que el chupapoyas de mi abogado esté por la labor de que me la den. Pedirla sé que la ha pedido; insistir al juez, eso no lo tengo tan claro.
Por eso, el día que vinieron mis padres a comunicar con mi hijo y esposa, le pregunté a ella delante de los viejos, para que no pudiera escurrir el bulto, como iba lo de la fianza.
-Tranquilo, que Juan…, mmmh…, quiero decir, el abogado, está haciendo todo lo que está en sus manos para que te la den –me respondió, cortándose cuando hizo referencia a él.
Yo sonreí de manera cínica con el comentario, ella cogió color en sus mejillas, mi padre y mi hijo no se pisparon de nada, y la vieja, si lo hizo, aparentó no haberse percatado de ello.
-Sí, hijo, sí. El otro día estuvimos tu padre y yo reunidos con él, y nos tranquilizó diciéndonos, que el juez le había dicho que en unas semanas pediría una fianza. Nosotros ya hemos ido al banco a poner al día nuestros ahorrillos, para que en el momento en que nos avisen retirarlos y sacarte de este infierno.
Y con esto dejamos finiquitado el tema, ellos, porque yo, y sin que nadie se pispara –fui un momento al baño-, comencé a llorar de la tristeza al ver a mis pobres viejos preparar sus ahorros de toda la vida para liberar al golfo de su hijo de la cárcel. Me sentí como una mierda, una basura, y ahí me di cuenta de lo que les quiero.