Estoy de los nervios. Entre la visita de ayer a los módulos de mujeres y las pajas mentales que he elucubrado, pensando en el probable polvo que quiero echar hoy a Paula durante el curso de informática, esta noche no he pegado ojo, además de la alemanita que me he cascaó.
Llego al destino del sociocultural antes que los compis del curso. Hablo con Luis y le pongo al tanto, para que me haga la trece-catorce con las funcionarias de la tarde, aunque observo que solo hay una, situación que me facilita la operación de acoso y derribo de la suramericana.
Cuando llega la peña, hablo con Paula y le refresco la memoria sobre el plan que he desarrollado; y digo que se la refresco, porque ya la puse al tanto del mismo la semana pasada; pero por si se le ha olvidado…
Así que una vez llegada la hora del descanso, salgo pitando del aula en busca de los cafés, pero llego a la biblioteca y le doy el encargo de las bebidas a Eduardo, el otro destino de biblioteca, mientras me dirijo veloz al tigre; al pasar junto a la garita, observo como Luis garla entre risas con la funcionaria; todo bajo control, pienso.
Mientras, Paula pide permiso al maestro para bajar a mear. Cuando llega y da los tres golpes acordados en la puerta, yo ya me he bajado los pantalones y los gayumbos, y la recibo con el rabo tieso y amoratado. Paula entra, y en lugar de colocarse como yo esperaba, contra la pared, con el fin de montarla por la retaguardia, se me viene directa a comerme el nabo. Lo engancha con su mano derecha y lo introduce en la bocaza a través de sus gruesos morros. El resto os lo podéis imaginar. No necesitó de mucha succión ni de excesivo esfuerzo. Con una técnica depurada, tan propia de los viciosos de los helados, lo toma como si fuera un cucurucho, lamiéndolo por el glande, los bordes y lanzando alguna dentella controlada.
Al poco, apenas unos minutillos después, exploto dentro de ella, descargando todo mi ser a temperatura de cocción y con toda la potencia de la edad.