Con todo el mogollón del finde y del vis a vis del día del padre, que por cierto, no olvidaré en los días que me queden de vida, se me olvidó mencionar el homenaje que nos dimos el sabadote a punta de birras Sin a mi costa, y festejando mi año de preventivo y entalegado. La verdad, no había motivos de festejo, porque estar un año en este hueco a la espera de juicio no es tema de celebración, pero alguna excusa debíamos de buscar para embucharnos las birras.
Hoy me ha pedido Luis que reparta los libros y diarios en sus módulos, que él tiene que dedicarse a clasificar algunos volúmenes con el funcionario. Ni corto ni perezoso le respondo que lo hago encantado, joder, no voy a estar de puta madre repartiendo en los dos módulos de las tías.
Después de recorrer los otros, llego a uno de los módulos de mujeres, nervioso, expectante. Me abren las dos cancelas y entro. Pido permiso a la funcionaria, y después de autorizarlo, paso y comienzo a llamar a las mendas. Observo el salón y el patio: no habrá más de cincuenta. Algunas andan solas, otras de la mano, hay tres en una esquina del patio fumando, muchas en las mesas charlando o jugando a algún juego de mesa, y unas cuantas que se acercan por sus libros. Más de una me mira, cuchichean entre ellas y se descojonan. Creo que me están sacando los colores.
De repente, y sin haberla llamado, veo a Paula con cara de sorpresa acercándose veloz.
-Pero…, Javier, ¿qué es la vaina, qué hace usted acá?
-Nada, Paula, hoy me ha tocado repartir en vuestros módulos… y aquí estoy, alucinando –respondo nervioso cuando observo a la funcionaria mirando con el entrecejo fruncido.
Le hago un gesto a Paula y continúo entregando los pedidos a las demás chicas. Observo cierto aire desenfadado entre ellas, al igual que la relación que mantienen con las funcionarias, mucho más cercana a la que los hombres tienen con los jinchos, aunque el ambiente no sea de una tranquilidad absoluta, ni mucho menos.