Hoy me he llevado un gran disgusto, es decir, que me he cogido un gran mosqueo cuando he llamado a casa. Patricia, mi mujer, estaba que se comía el aparato, y por ende, me gritó no sé cuantas cosas. Y mi hijo, lloró como una Magdalena y apenas me pudo contar nada.
-Papi, snifff, papi…, en cole amigos man dicho que tu mú malo y tú casel, snifff…, y man dau patadas, uahhh...
El pobre no ha podido terminar la conversación de la amargura que cargaba encima. Después, su madre le quitó elteléfono y me lo contó todo antes de empezar a gritar y que la comunicación se cortara a los cinco minutos y un segundo.
-A ver, Javier, ¿sabes qué le ha pasado a nuestro pobre hijo, a mi niño? Pues que algunos padres ya se han enterado de lo tuyo y se lo han contado a sus hijos, y los cabrones de los niños, sin apenas saber hablar, se han metido con nuestro hijo, lo han insultado, le han dado patadas y le han escupido, y todo por tu culpa, Javier, por la tuya. Te odio, te odio, te odioooooo –terminó gritando.
Terminó gritando y terminó todo, porque se acabó lo que se daba con los putos cinco minutos de llamada.
Después me fui al patio a rumiar mis penas. Comencé a caminar en redondo, solo y sin deseos que se me acercara ningún pipa, ni siquiera los compis de andanzas diarias. Evitaba al personal con la cabeza gacha, las manos embutidas en los bolsillos del pantalón y no perdiendo de vista el hormigón del suelo, mientras las lágrimas que caían de mi mejilla marcaban el rastro de mi andadura como las migas de pan del cuento ese de nuestra infancia.
Al rato se me acerca el kurdo, consciente de mi tristeza. Camina junto a mí sin abrir la boca. Después de él se une el Panamá, al poco los gallegos, más tarde el colombiano y por último los dos isralíes. La conversación del grupo me saca de mi ensimismamiento y por un rato olvido la tragedia personal que me embarga. Así funcionan las cosas en el talego: una astilla saca la otra astilla y ayuda a olvidar.