Ayer me llegó el telegrama del cabrón del abogado. Me comentaba que no alcanzaron a realizar el papeleo por la tarde; que esta mañana quedaría solventado el tema. Menudo cabrón; me retiene hasta el último momento en prisión.
Desayuno lo que me entra y comienzo a patiear con los compis; notan mi nerviosismo y tratan de tirar balones fuera. A eso de las doce me llaman por megafonía. Me disparó como un resorte.
Salgo escopetado. Un gafufo y calvo, con una cartera desvencijada, me pasa unos papeles por debajo del grueso vidrio. Los firmo después de leer el auto del juez donde me concede la libertad provisional. Regreso al módulo con mi papel bajo el brazo, saltarín.
Me despido con abrazos efusivos de todos mis compis. Pedimos permiso para que un par de ellos me ayuden a bajar mis bártulos. Subo con el kurdo y con Panamá, reparto mis bienes entre ellos, indicando que destino a cada cual, regalo latelevisión a mi compi Chaim, rellenando una instancia donde hago constar que se la cedo, y bajo con lo poco que me queda; es lo habitual: ceder tus pertenencias a los que permanecen.
Salgo saludando al resto y me dirijo a ingresos, aunque pasando velozmente por el sociocultural para despedirme de mis compis y de una funcionaria, especial.
En ingresos me entregan mi DNI, el dinero en efectivo sobrante del peculio y todas mis pertenencias. Huelleo, firmo y me piro.
Cuando cruzo la última cancela, me encuentro con mi madre, mi padre, mis hermanos y Patricia, mi mujer. Beso a todos y los abrazo. Después salimos, yo junto a Patricia, sin el niño, que está en el cole.
Durante el trayecto voy acojonado: la velocidad me asusta. También estoy desacostumbrado a la visión distante y no se me acomoda la vista. Todo me sorprende; mi corazón se encoge.
¿Qué me espera a partir de ahora? ¿Me aceptará la familia? ¿Y la sociedad? Ya se verá.