Estoy nervioso. Este finde tengo comunicación por cristal y temo encontrarme con el cabrón del Raimundo, el destino que se pasó con mi hermana. Después de la movida que tuve con él en el polideportivo, no tengo ni zorra cómo reaccionará.
Hablo con mi compi de destino, Luis, ya que está muy relacionado y conoce a toda la tropa.
-Oye, tío, este finde tengo comunicación con la familia y no quiero movidas con el tal Raimundo ese, después de lo del otro día. ¿Qué se puede hacer?
Luis, después de pensárselo unos minutos, me tranquiliza.
-Tranqui, compi, tranqui. Esta tarde que hay poco curro y los gichos están pasotas, de fin de semana, me acercaré a comunicaciones a parlamentar con el menda, a ver por donde respira.
Y dicho esto, seguimos con nuestro curro, yo ya más tranquilo sabiendo de las dotes parlamentarias que tiene el Luis. No es un kie, pero la peña lo respeta; sabe cuando garlar, cuando ordenar y cuando puede hacer un favor, y eso en esta casa se agradece.
Cuando regreso al destino después de la siesta, me quedo a solas con Eduardo a la espera de la vuelta de Luis. La verdad, con el Eduardo no me llevo, ni mal ni bien, no me llevo. Es un tío un tanto oscuro, detenido por un tema dedrogas, pero con un pasado negro, durante el cual estuvo detenido dos añitos en una cárcel rusa, de lo que ni habla ni comenta. Por su mirar se adivina una personalidad egoísta, fría y carente de escrúpulos. O sea, que a este no le doy la espalda ni jarto de Coca-cola, pero mientras estemos ambos en este destino, bueno, pues nos respetamos.
A la hora regresa Luis. Me hace un guiño al abrir la puerta y salgo.
-Arreglaú, compi. Que el Rai no quiere trato contigo, ni te buscará, pero que no te cruces en su camino: cada cual por el suyo. Que pasa de ti. Así que solucionado. Me debes una –termina de cachondeo, y yo, que me mosqueo.