Son las doce y cuarto de la madrugada. Las setenta y dos horas que tiene el juez para imputarme o dejarme libre ya han pasado, y el muy cabrón y después de la vista, ha declarado mi ingreso en prisión sin fianza. Pero aquí sigo desde hace horas. Apenas quedamos algunos detenidos, y presupongo, que todos vamos a ir a parar a la misma cárcel; pero por el momento creo que carecen de una conducción.
A la media hora nos sacan a los tres mendas que aún permanecemos en el calabozo; nos esposan. Nos llevan al canguro, pero al pequeño, el que usa la Guardia Civil en las ciudades. Dentro encontramos a una piba, sentada y esposada. No me mola ni un poco. No tengo cabeza para titis, además, le faltan dos piños y se ve de lejos que es una yonkarra. Uno que viene conmigo se enrolla con ella y le ofrece un truja.
Así llegamos al centro penitenciario. Por lo que comentan, se trata de uno de preventivos. Pasamos un control. Espejitos por abajo, por arriba, entrega de documentación y pá dentro. Nos apeamos del vehículo y nos retiran las esposas. De ahí en adelante se hacen cargo de nosotros los funcionarios de prisiones, y con qué careto, de mala leche y recién despertados.
También hacen su aparición dos internos que nos toman las huellas y las fotos de frente y perfiles. Los funcionarios nos revisan, o cachean como aquí se dice, nos quitan todo, incluido el dinero, rellenan nuestras fichas y nos entregan una manta, las sábanas, una bolsa con artículos de aseo y la tarjeta de peculio. De comida y bebida, nasti de plasti.
A la tía la encierran sola en una celda, y a los demás, a compartir habitación. Nos tumbamos en la piltra, agotados, vestidos y apenas intercambiamos alguna palabra.
Me siento guarro, llevo tres días sin ducharme, agotado, deprimido y con algo de hambre. No obstante, me quedo torrado cuando apagan la luz.