Menudas pesadillas he tenido anoche. Aún no me he recuperado de la historia que oí ayer. Cómo alguien, con veinticinco años –aún es un crío-, puede ser así de inhumano. Para él la vida carece de valor. Estoy tan tocado, que durante la llamada de hoy le cuento la movida a Pati. Apenas habla. Antes de colgar, tan solo me comenta:
-¡Qué horror, qué gente! No sé cómo vas a aguantar –y cuelga con un tono de rechazo.
Sigue sin perdonarme. Está a la espera de la solución económica que le prometí, a fin de rebajar su intransigencia conmigo.
Me apunté para hablar con el educador. Hace un rato ha llegado y me encuentro en la cola aguardando. Le pido a Panamá que me traiga un café y pille uno para él. No es mi machaca, pero es indigente, a pesar de lo cual, siempre se le ve aseado y cuidado. Por fin, me llaman.
-Buenos días, don Pepe –saludo con cierta humildad mientras tomo el asiento que él me ofrece.
-Hola, Javier, ¿cómo sigues?
Entonces comienza a hablarme de lo humano y de lo divino, y yo, alucinando y a la espera que me comente lo que me interesa. Después de un rato de perorata, me suelta:
-Mira, Javier, me ha costado convencer a los demás para cambiarte de destino, en especial, por tu condición de preventivo, pero al final lo he conseguido. Vas a entrar a partir de ahora al office. Lo compartirás con otros dos compañeros tuyos, sirviendo el desayuno, la comida y la cena. No me dejes mal, porque he apostado por ti. Si la cagas, no volverás a tener ningún destino ni podrás asistir al curso hasta que te condenen. Así que cumple…, y que tengas suerte.
Le doy las gracias, la mano, y me piro. No estoy especialmente contento con ese trabajito de los cojones. Dar de comer a la peña es un marrón que te cagas. Siempre hay movidas, y cada cuál pretende que se le sirva como en el Maxim’s. Pero eso si, uno como destino, puede elegir el manjar que quiera, o por lo menos, eso es lo que tengo entendido.