He descubierto las timbas de domino y cartas. Uno, al que aquí llaman el Panamá, me introduce. Me apunto en una mesa donde juegan alternativamente un gallego, Fermín, otro gallego, Pechín, un colombiano, Edington, el propio Panamá, y ahora, yo. Siempre entra algún pipa a jugar, pero pronto se le desahucia por pipa y por tolai. Así, que aquí me veo, enganchándome al juego, aunque las apuestas máximas se basen en algunos cafés de a 30 céntimos.
Panamá y los gallegos descansan en esta casa por temas de drogas. Lo de Panamá, pecata minuta. Lo de ambos gallegos, palabras mayores. Y lo de Edington, el colombiano, no tiene palabras: es sicario desde los quince. En España lo detuvieron, con veinticinco primaveras, por secuestrar con su gente a cinco traquetos colombianos, robarles la merca y quebrarlos sin miramientos.
Caminando hace unos días con Panamá y con Edington, y después de que éste último me pusiera al tanto de su profesión -Panamá ya me lo había adelantado-, no se me ocurrió mejor idea que preguntarle:
-Pero…,¿no te da reparo matar a alguien, así, por las buenas?
Se detuvo. Nos detuvimos. Me miró a los ojos. Los míos como platos; los suyos, vacíos, muertos.
-Mire, parsero, la única ves que me jodió quebrar a un man fue la primera. Teníamos quinse añitos, mi sosio y yo. Él manejaba la moto, yo el fierro. Nos encargaron tumbar a un traqueto ladrón de Medallo. Era nuestro primer trabajito. Fuimos tras él. Y lo estuvimos viendo. Salía con su pelaito de casa. Me aserqué a él, lo frenteé y lo encañoné. Justico antes de apretar el gatillo, tomó al pelao y lo puso delante suyo. ¡El muy marico se cubrió con su hijito! Entonses miré para el ladito y disparé. El pelao cayó primero. Volví a disparar, esta ves mirando al malparido a los ojos. Lo quebré de una. Es la única en que pensé en mi Diosito; del resto, verga –terminó de contar.
Seguimos caminando en silencio. Yo, con un nudo en la garganta y ganas de llorar, de gritar, de implorar: ¡me quiero ir de aquí, mamá!