Aún hoy se rumorea sobre el temita del viejo vecino. Su compi ya tiene nuevo compañero de celda; no ha tardado en dejar el luto. Ni un día.
Entre esta experiencia y la comunicación de este finde con Patricia, me encuentro susceptible, nervioso y decaído. Tengo pánico a la vez que deseo de encontrarme frente a mi mujer, aunque sea con un grueso vidrio entre ambos. En los últimos tiempos apenas hablamos; la mitad de las veces que llamo, solo hablo con el peque, ya que ella está ausente, supuestamente trabajando. Creo, por lo que me dijo la última vez, que consiguió un nuevo trabajo de recepcionista en un famoso bufete de abogados mercantilistas. Pienso que en el de Garrigues, aunque no lo tengo claro. Trabaja media jornada y está en prueba; a ver que tal le va.
Mañana trataré de sonsacarle algo sobre sus salidas, a ver si le pillo en un renuncio y me entero si está liada con alguien. Sé que no debo, sobre todo por el carácter que tiene; salta a la mínima, últimamente, ya que antes no era así. Pero si no se lo pregunto en esta ocasión, sin mi madre delante, no lo podré hacer en otra, y así como me encuentro, con esta comedera de coco, no puedo seguir. La incertidumbre es el peor de los estados del hombre, el no saber, la duda. Cuando te enteras de algo malo o bueno, vale, sufres como un cabrón o te alegras enormemente, pero cuando no sabes, intuyes pero sin confirmación, eso es lo peor, es el eterno sufrimiento. Ahora entiendo a esos padres que les desaparece un hijo: quieren saber si está vivo o muerto, pero tenerlo claro.
Me cago en la puta, lo que uno reflexiona en esta casa. En la calle nunca me planteé temas de esta índole, dudas de las que llaman existenciales; yo vivía, vivía de puta madre y lo demás me importaba un cojón de pato. Qué si los niños de África… que si la hambruna de la India… y así una tras otra; sí, qué pena, pero poco más. En cambio ahora, joder, me repienso todo, lo medito todo, y le saco punta a todo. ¡Maldito encierro! Hasta me va a volver humano y filósofo, joder.