En nuestro post del día 2 de julio, y a raíz del destructivo incendio que asoló Valencia -50.0000 hectáreas calcinadas-, hablábamos de la necesidad de prevenir con mayor cautela y legislar acorde a los tiempos que corren y a la gravedad de este delito.
En el de hoy insistimos en ello, con el agravante, que en estos nuevos incendios volvemos a encontrar víctimas mortales–en este caso ni siquiera profesionales del sector-, sino veraneantes, paseantes o simples despistados.
Además de estos dos problemas, añadir al repertorio de causas el de la desertización gradual del planeta, las altas temperaturas del verano y la falta de presupuesto y de medios para mantener el monte en condiciones.
Pero la verdadera prevención comienza en la infancia. Empecemos a realizar una labor educativa exhaustiva, en los colegios, explicando a los alumnos que lo que realmente se quema es su porvenir, el futuro de la humanidad, y no un simple bosque, ya que aunque prevengamos y legislemos con mayor dureza, si no mentalizamos a nuestros hijos que la tierra sufre un deterioro irreversible, cuando lleguen a adultos no entenderán como han heredado el planeta de Terminator y no el de la National Geographic.