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LA BABILLA LLANERA 8

1/9/2010

La cena transcurrió en condiciones similares a las del almuerzo, con nuevos bríos inducidos por los alcoholes, las viandas y algunas drogas. Los que compartieron las caladas de un canuto, sosegaban sus pareceres en largas frases y risas decadentes. Los que por el contrario, inhalaron las blancas escamas del clorhidrato, animaron su lengua y espíritu, manteniendo con dificultad los ojos en su órbita habitual. Y fue uno de estos últimos él que propuso una actividad nocturna desconocida para la mayoría: la caza de la babilla. Un, bacano, gritado al unísono, dio el pistoletazo de salida a esa jauría de dementes. Tomaron varios rifles del 22, grandes focos portátiles y con pocos aditamentos más marcharon en los todo terreno por los caminos de la finca.

De cada vehículo partía un potente haz de luz que escudriñaba las tierras y las aguas del inmenso territorio. Doce mil hectáreas de terreno daban para mucho. El recorrido discurrió como en una montaña rusa, con el aliciente de la oscuridad y esos flashes de discoteca que transformaban la naturaleza circundante en una irrealidad, en un viaje astral para los participantes. 

La fauna que se les brindó por el camino sorprendió a la mayoría por su variedad y rareza: esquivaron a un oso hormiguero ebrio de focos y ruidos, se toparon con una pareja de tigrillos a la caza de un chigüiro falto de familia y a punto estuvieron de sumergirse en un amplio lago, si Roberto no hubiera recordado, en un instante de lucidez, el tronco curvado de una ceiba que indicaba el camino.