De inmediato se formó un chacharachero del carajo, donde cada cual daba su opinión, donde los más jóvenes imponían el tirar por la calle de en medio, mientras los verdaderos perjudicados, madurados a base de contratiempos, temían las represalias en carne ajena.
-Para qué negociar, si se las van a bajar de todas todas. Ese malparido del Tuerto es un hijueputa, y aunque cancelemos la culebra, las quiebra.
Ante esta evidencia más que plausible, todos callaron. El anciano quedó meditabundo, mientras los otros susurraban sus dudas. Al poco, el Don habló:
-Mi Simón tiene toda la razón. Esos vergajos no nos las devuelven respirando ni de vainas. Esperan cobrar para deshacerse de ellas. Tenemos que atacar primero. Pelaos, echad a la calle a todos los hombres disponibles en busca de información. Ya sabemos quién es y por dónde se mueve su gente. Tenemos que levantarnos a un par de ellos y joderlos hasta que canten todo un bolero, mientras tú, Simón, comienzas a negociar con ellos, como si la vaina se fuera a pagar. Tenemos que ganar tiempo para encontrar la caleta donde tienen guardadas a nuestras hembras. De seguro están en la ciudad; no creo que se las hayan llevado de Medallo. Así, que empiecen de ya con toda su gente olfateando la ciudad, y que sea de rapidez. No sabemos durante cuanto tiempo tengas vivas a las chicas. Vayansén.