-¡De una, comiencen a dar plomo corrido a esos hijueputas Vallejo! –ordenó a voz en grito, mientras acto seguido se dirigió a uno parapetado en una de las ventanas con un bazoka y a la espera de ejecutar disposiciones.
-Diga, Tapón, ¿cuantos carros ve usted desde acá?
El de la ventana movía la cabeza en busca de los diferentes ángulos que le brindaba el hueco del marco. Sus otros compañeros y apostados en las demás, no dejaban de apretar gatillos creando un bullicio carnavalero insoportable. De las habitaciones de las retenidas se escapaban berridos histéricos sofocados a golpe de gritos dictatoriales de, ¡a callar!
-Jefe, desde acá veo dos carros, pero cierto que hay más por el otro ladito –gritó el del bazoka.
-Entonces dispare un bazokazo a uno de los carros, el que tenga algún man dentro, y así les damos el aviso de qué va esta vaina.
Y ese fue el haz de luz y el impacto sordo que vieron y oyeron desde fuera los atacantes, y que les hizo perder por los aires un carro junto a dos de los integrantes del comando. Los gritos de júbilo dentro del hogar corsario duraron apenas unos minutos, el tiempo justo para que los del clan Vallejo respondieran, además de con una descarga de tiros ametrallados en forma de nube plomiza, con un disparo de similares características al bazokazo inicial de ellos. Ese fue el estampido que boqueteó la pared frontal con su puerta de la vivienda, que quebró y mutiló a varios miembros del grupo secuestrador y que dejó embadurnado de polvo y cascotes al Gonorrea.