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LOS FLORIDA 116

23/12/2010

Sin embargo, éste reaccionó de rapidez, y él mismo, Mágnum 44 en mano, entró en la habitación de Patricia, y jalándola de la cabellera, la arrastró hasta un lateral del boquete y la expuso a la vista del exterior, con el cañón del fierro apuntando su sien.

Un grito descomunal partió de la casa, gritó que junto al mensaje que expresó, paralizó de inmediato el ataque.

-¡Malparidos, hijueputas, o paran de ya la balacera o quiebro de una a ésta malparida que no es otra que la hembra de vuestro jefe! ¡Ustedes dirán!

El Silencio embargó el barrio. Solo algunas lamentaciones de los lesionados y la caída tardía de cascotes provenientes de los destrozos acaecidos durante la breve batalla, interrumpían ese sosiego auditivo. Nadie movió un dedo, ni los atacantes ni los hostigados. De inmediato, Róbinson se enderezó con las manos en alto, aunque sin perder la protección de la portezuela de la ranchera, como escudo a un posible atentado balacero.

-¡No toquen a la patrona! ¿Qué es la vaina, qué quieren? –gritó en dirección al boquete, mientras observaba con más claridad el estado lamentable en que se encontraba doña Patricia.

Un nudo se le formó en la garganta, un vahído en el vientre. Su vida pendía de un hilo, pero no porque temiera una muerte digna que le pudiera infringir este combate, sino por la muerte cruenta y cachazuda que le fuera a ocasionar su Patrón en caso de que la mujer muriera. Debía reaccionar con rapidez aunque con cautela. Una voz ronca salió expelida desde el comedor.