-¡Róbinson, Róbinson, tráiganme a todos esos malparidos que se han volado, tráiganmelos vivos y que no se vuele ninguno! –gritó el Mono en dirección a Róbinson, que ya había partido con su gente detrás de los pocos secuestradores, que aún vivos, habían desaparecido en todas direcciones.
Él tomó el cuerpo inerte, cálido, empolvado y sangrante de su mujer, se enderezó y caminó con la mirada sin expresión aparente hacia el automóvil. De camino, inclinó la cabeza hacia la de ella y la observó de nuevo. Fue entonces cuando se percató definitivamente del suplicio que le habían aplicado, de la tortura a la que había sido sometida, y eso apenas con lo que su exterior visible transmitía, aunque su experiencia en lides parecidas le decía que otras partes de su cuerpo y su alma habían sido también mancilladas. Un estertor apenas humano se evadió de su garganta, paralizando el paso y elevando la cabeza de manera lobuna:
-¡Malparidos, me la habéis matado, jodido, humillado. Moriréis todos por estoooooo, hijueputassssss!
Entonces calló de golpe y cubrió los últimos metros hasta el vehículo. Una vez la introdujo de manera delicada en el asiento de atrás, giró sobre sí mismo y retornó a la zona de guerra. Todo su grupo familiar y subordinados caminaban cercanos a él, silentes. Solo Robustiano se atrevió a acercarse, junto a Paz, y tomarlo del brazo. Cuando llegaron donde el resto de combatientes, Robus le susurró al oído.
-Lo siento, tío, por mi madre. Cuenta conmigo para lo que quieras y dime con quien hay que acabar.