Y Paz también tuvo unas palabras a pesar de su estado, embutida en una frazada como se encontraba.
-Lo siento, Simón. Sé lo que ella y yo pasamos e imagino lo que estás sufriendo.
Simón miró de soslayo a Robus, doblegó la cabeza en señal de agradecimiento y se olvidó de él; a Paz, sin embargo, le tocó la mejilla y le susurró.
-Tranquila, mija, descanse y ya conversaremos usted y yo.
Entonces se enderezó y extravió su mirar; buscaba a su lugarteniente, a Róbinson. Esperaron.
El celular de Simón sonó repentinamente.
-Patrón, estaban subiendo varias patrullas de la policía. He hablado con el sargento y lo he tranquilizado. Lo he cuadrado, pero como acá no tengo billete, lo he mandado mañana a la Oficina, a la otra, para que paguen la vaina; ya se me fueron por donde vinieron –escuchó el Mono la voz de Róbinson al otro lado de las ondas.
-Bien, que les den lo de siempre, y usted, ¿ha encontrado a todas las ratas? –preguntó el Mono.
-Nos quedan dos, Patrón. Las venteamos y nos llegamos hasta ustedes.
-¡Vivos, los quiero vivos!-ordenó Simón y colgó.
Al cabo del rato, el comando guiado por Róbinson regresaba con media docena de secuestradores atados entre si con cabuyas. Aparecían todos desgreñados, con regueros de sangre reseca marcando sus ropas y cervices caídas. El Mono esperaba espigado, las manos a sus espaldas y los ojos enrojecidos.