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LOS FLORIDA 129

20/1/2011

Y Paz también tuvo unas palabras a pesar de su estado, embutida en una frazada como se encontraba.

-Lo siento, Simón. Sé lo que ella y yo pasamos e imagino lo que estás sufriendo.

Simón miró de soslayo a Robus, doblegó la cabeza en señal de agradecimiento y se olvidó de él; a Paz, sin embargo, le tocó la mejilla y le susurró.

-Tranquila, mija, descanse y ya conversaremos usted y yo.

Entonces se enderezó y extravió su mirar; buscaba a su lugarteniente, a Róbinson. Esperaron.

El celular de Simón sonó repentinamente.

-Patrón, estaban subiendo varias patrullas de la policía. He hablado con el sargento y lo he tranquilizado. Lo he cuadrado, pero como acá no tengo billete, lo he mandado mañana a la Oficina, a la otra, para que paguen la vaina; ya se me fueron por donde vinieron –escuchó el Mono la voz de Róbinson al otro lado de las ondas. 

-Bien, que les den lo de siempre, y usted, ¿ha encontrado a todas las ratas? –preguntó el Mono.

-Nos quedan dos, Patrón. Las venteamos y nos llegamos hasta ustedes.

-¡Vivos, los quiero vivos!-ordenó Simón y colgó.

Al cabo del rato, el comando guiado por Róbinson regresaba con media docena de secuestradores atados entre si con cabuyas. Aparecían todos desgreñados, con regueros de sangre reseca marcando sus ropas y cervices caídas. El Mono esperaba espigado, las manos a sus espaldas y los ojos enrojecidos.