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LOS FLORIDA 130

21/1/2011

-Metan a todos estos malparidos en los carros y se los llevan a la finca. Usted ya sabe, Róbinson. Agarre también el cadáver del jefe y me lo prepara con el resto. Cuando haya terminado, me llama –terminó el Mono, girándose y encaminando su andar hacia su carro, seguido de Robus y sus guachimanes.

No había dado dos pasos, cuando oyó a sus espaldas la voz de su lugarteniente.

-Patrón, qué pena lo de la señora Patricia. Cualquier vai…

-Ya conversaremos… -le cortó el Mono.

 

El viejo, el Don, estaba al tanto de todo cuando llegó la comitiva de varios vehículos, ya de noche cerrada, a su residencia de campo. Los esperaba sentado en su mecedora, tabaco en mano y una taza de tintico humeante. Sus tres hijos se acercaron, con Simón a la cabeza. Robustiano había llevado directamente a Paz a casa; así se lo ordenó Simón. Esta era una conversación de familia, ahora que Paz había ganado la partida a la muerte, no así Patricia, que pagó el precio por ambas.

-Mijo, no le voy decir lo que siento, ni lo que toda la familia padece en estos momentos por usted y por los pelaos. Mañana a primera hora salen mis nietos con su hermana Jasmine a Miami, a la casa de los Cayos. No deben estar acá, sin madre y con un padre jodido. Además, usted estará ocupado estos días arreglando vainas.