-Simón, no le diré lo que tiene que hacer con nuestro man, ya que por su joda quebraron a su esposa, pero medite, mijo, que Róbinson lleva desde pelaito con la familia y es como de la misma. Pero en este caso, usted decide. En cuanto al malparido del Tuerto, a ese hay que prepararle una buena emboscada, a él, a su propia familia y a toda su organización, así que alisten un buen plan.
En eso sonó el teléfono del Mono.
-Aló, Róbinson, dígame –contestó de inmediato.
Escuchó un rato.
-Ya me acerco; alístelo todo.
Colgó.
-Me fui. Róbinson me espera en la finca con todo alistado. ¿Se vienen, hermanos?
Ambos asintieron. Se despidieron del viejo y salieron en una de las rancheras. La finca se encontraba a media hora de camino a esas horas de noche con apenas tránsito. No intercambiaron palabras durante el trayecto, cada cual ensimismado en sus propios asuntos. Y así arribaron al lugar en cuestión.
Un nutrido grupo dispar los esperaba, armados y fumando: era su gente. A los pies de ellos se encontraba otro grupillo de varios manes, sentados en círculo, espalda contra espalda y maniatados de malas maneras con cabuyas; se trataba del resto de secuestradores, de los que aun respiraban, porque a unos metros de ellos se podían observar varios cuerpos alineados unos al lado de los otros, cadáveres, el resto de ellos.