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LOS FLORIDA 133

26/1/2011

Frente al grupo los esperaba Róbinson. 

-Buenas noches, patrones. Aquí les tengo a los aún vivos, maniatados y esperando, y allá, a los ya cadáveres, para que los ajustemos como ustedes manden.

Los hermanos se miraron entre sí. Los menores asintieron con la mirada: daban por sentado que el Mono, por primogénito y por estar involucrado directamente en la muerte de su esposa, debía dar las órdenes pertinentes. Y así lo hizo.

-Mire –se dirigió a Róbinson con una mueca de labios –a los vivos y a los muertos me les corta la cabeza y las embala cada una en una cajita. Se las mandaremos al Tuerto de recuerdo.

Y antes de que cualquiera de los maniatados comenzaran a pedir clemencia, a llorar su muerte anunciada, el Monó desenfundó su Glock y se dirigió al círculo de manes, que sobre la tierra, maniatados esperaban.

Uno a uno los fue rematando con un tiro en la nuca, haciendo oídos sordos a los aún vivos, mientras recitaba antes de cada disparo idénticas palabras.

-Ésta por hijueputa –seguido del “pam” característico.

Y así fueron palmando uno tras otro, mientras tras Simón se desplazaban dos guachimanes que, machete en mano, cortaban las cabezas de los fiambres tal y como iban cayendo. Cuando terminaron con estos, amputaron el miembro superior a los ya difuntos, entre ellos, el del Gonorrea. Así sumaron catorce testas, que cargaron de los pelos al galpón para embalarlas listas para el envío.