La matacera fue tremenda, sangrante y dio fin a innumerables estirpes. Cayeron los perseguidos, sus mujeres, sus hijos, los abuelos, las tías, los primos, los amigos y todo el que se había acercado en los últimos tiempos a cualquiera de los soldados del Tuerto. Alguno pudo repeler durante unos segundos el ataque, algún que otro soldado de la familia Vallejo perdió la vida durante la ofensiva, pero el grueso, gruesísimo de la banda del Tuerto y su organización desapareció de la faz de la tierra.
Tan solo el Don atacado parecía que eludía la muerte. Su combo privado de guachimanes alcanzó a hacer frente durante los primeros instantes a las hordas invasoras, el tiempo justo que necesitó el Tuerto, su familia y varios de sus hombres de confianza, para volarse por un túnel encaletado que partía de su dormitorio, continuaba a cinco metros de profundidad por debajo del jardín durante doscientos metros, hasta dar a parar al dormitorio de un apartamento de un edificio cercano a su mansión.
Así se le escabulló el Tuerto a Robinsón, por un corredizo que nadie conocía, por un lugar imprevisto. Éste entró en cólera ante el ridículo protagonizado. El único comando compuesto por una docena de hombres, y tan solo había abatido a unos manes cercanos al círculo del Tuerto. Pero éste, su familia y sus hombres se habían puesto a buen recaudo y por el momento no había forma humana de localizarlos. Sí, dieron con el apartamento que les sirvió de escape, pero las plazas de garaje estaban vacías; se habían esfumado.