-Señores, me van a tener que disculpar, pero me ha surgido algo que no puedo eludir. Si son tan amables, terminamos esta reunión mañana o pasado. Mi secretaria revisará mi agenda y les concretará día y hora. Buenos días – y con esas palabras se puso en pie y dio por terminado el conclave.
Todos abandonaron el despacho. Los banqueros, con semblante contrariado, por la puerta principal; él por su ascensor privado. No era costumbre para estos señores de la finanzas, que el cliente los ninguneara y dispusiera de sus tiempos de esta manera. Pero el consorcio Vallejo estaba compuesto por un conglomerado de empresas, sociedad y negocios varios, y eso, representaba un capital inmenso al cual estos tiburones de la banca deseaban hincar toda la mandíbula y no solo un par de colmillos como hasta el momento; tenían que tragar…, y callar.
Simón mandó a sus dos guachimanes de siempre sacar un solo carro. No deseaba llevar escolta de vehículos, y con estos dos era más que suficiente; había ganado la partida y ahora todo era cuestión de tiempo para terminar lo comenzado y borrar todo vestigio del Tuerto de la faz del país.
Llegaron al cabo del rato a la Finca, la que utilizaban siempre con fines nada claros. No se encontraba inscrita a nombre de nadie conocido, quizás de una sociedad perdida en algún paraíso fiscal de diminutas dimensiones y perteneciente a otro conglomerado de sociedades a las que apenas se les discernía la cabeza de la cola.