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LOS FLORIDA 144

10/2/2011

Frente a la casa que servía de oficina, de aposento y de lugar de reuniones, se encontraban ya media docena de vehículos parqueados. Apostados en la puerta principal, dos hombres hacían guardia aparentemente sin armas. El Mono entró en la sala central, donde Róbinson, junto a un par de hombres, se encontraban charlando. Cuando éste entró, todos levantaron sus cuerpos de los asientos.

-Buenos días, Patrón. Mire, aquí le presento al inspector Escamez y al subinspector Londoño; ellos han sido los agentes que trajeron a la esposa y los hijos del Tuerto –comentó Róbinson mientras realizaba las presentaciones.

-Buenos días, señores, encantado de conocerlos e inmensamente feliz de la vaina que han hecho. Espero que tengan todo bajo control en la jefatura y que esto se quede tapado –estrechó las manos de ambos secretas.

-No se preocupe, doctor, que todo está cuadrado. Todo el departamento está arreglado. Aquí se los dejamos, y ya sabe, nosotros no estuvimos por acá –dijo Escamez con una amabilidad inusitada.

-Muchas gracias a los dos por esta vaina, y pásense en esta semana por la oficina. Buenos días, señores –se despidió de ambos estrechando de nuevo sus manos.

Ambos salieron, haciendo un guiño a Róbinson. Todo estaba dicho.

-A ver, Róbinson, dónde están –preguntó impaciente el Mono. 

El lugarteniente señaló el cuarto contiguo. Ambos se miraron. Entonces Simón se sentó; acto seguido lo hizo Róbinson.