-Miré, vamos a sacarla a ella. Que llame al Tuerto, que nada se huele, y cuando le diga lo que ocurre, lo hacemos venir acá con su tropilla. Lo amenazamos con los pelaitos, y le aseguro que se viene volado; entonces..., se acabó esa gonorrea y toda su puta descendencia.
Róbinson se levantó y se dirigió a la pieza cuya puerta frenteaba la mesa. Entró. Al cabo de unos instantes regresó con una mujer. La conminó a sentarse, en el lado opuesto al Mono. Su rostro expresaba terror y la mueca de sus labios marcaba un rictus propio del lloro.
Entonces Simón tomó la palabra.
-Señora, siento tener que conocerla en estas circunstancias, pero la mala cabeza de su marido nos ha conducido a esta situación. Él mandó secuestrar y matar a mi señora, y eso, ha destrozado mi vida. Si quiere que sus pelaos y usted sigan vivos, tome su celular y le llama. Hágale ir a la cafetería el Paisa, a él y a sus manes; ahí los esperaremos. Cuando estén en nuestro poder, usted y sus pelaitos quedarán libres. ¿Me entendió? –terminó de decirle de manera amable.
La mujer del Tuerto apenas reprimía las lágrimas, manteniendo la cabeza gacha y sonándose las narices con un Kleneex que le había pasado el Mono.
-Pero..., pero…, si lo engaño, me mata. ¿Y mis hijitos? Por favor…, no nos hagan daño, por favor –suplicaba lloriqueando.
-Seño, su marido ya está muerto, de una manera u otra. Pero usted y sus hijos tienen la posibilidad de vivir. Haga el llamado.