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LOS FLORIDA 149

17/2/2011

Ambos patrones entrecruzaron sus mirares, con la dureza y ese salvajismo propio que las gentes de este gremio cargan en sus genes. Después, el Tuerto giró su cabeza y levantó una mano. A los escasos segundos varios hombres aparecieron desde diversos orígenes, convergiendo en el punto donde se encontraban ambas comitivas.

-¡Bien, ahora quiero ver a mi familia! –insistió de nuevo el Tuerto.

-Antes se me salen todos sus manes de los tres carros y dejan los fierros en uno de ellos. Róbinson, vaya con unos manes a chequearlos y me los bajan de sus fierros y que nadie quede encaletado en alguno de sus carros –ordenó Simón.

-¡Un momentico, un momentico, acá ordeno yo sobre mis hombres. Primero me muestran a mi esposa y mis hijos! –interrumpió el Tuerto alzando la diestra en señal de que todo se paralizara.

El Mono lo miró con desdén, pero realizó una mueca imperceptible que captó de inmediato su lugarteniente. Este a su vez hizo un guiño a uno de los todoterrenos. La negruzca ventanilla se deslizó de manera pausada hasta el final. Entonces el Tuerto pudo observar desde la distancia –el brazo extendido del Mono le impedía acercarse-, a su mujer e hijos encañonados por varias armas de diferentes calibres y tamaños.

-¿Están bien, mijita? –elevó la voz sin llegar a convertirla en grito.

No obtuvo respuesta, solo unos sollozos se escapaban del carro.

Vergajo!, cómo le ocurra algo a mi familia le… -bramó el Tuerto, aunque interrumpido por el gesto categórico de Simón.