-¡Usted, malparido, no va hacer una mierda, porque ya está jodido! Desármelos de ya, Róbinson! –ordenó Simón con tono gélido mientras todos los integrantes del clan del Tuerto se vieron encañonados.
-Ahorita, diga sus hombres que entreguen las armas o los dos pelaos son cadáveres –lo conminó de nuevo el Vallejo.
El Tuerto miró en dirección al todo terreno que ocultaba detrás de los vidrios tintados a su familia; nada que hacer. No tenía opción. Levantó el brazo. Todos sus hombres comprendieron, todos acataron. Y los manes, a la orden de Róbinson, los desarmaron. De inmediato introdujeron a todos en los seis todoterrenos, incluido al Tuerto, que fue invitado a hacer compañía al Mono y Róbinson. La comitiva partió en seís carros idénticos del lugar, abandonando los vehículos de los perdedores y a una muchedumbre curiosa que había asistido a semejante espectáculo, y de a gratis.
Llegaron a la Finca. Nadie los había seguido, ni la policía ni el ejército; los tenientes de ambas formaciones recibieron su paga y andaban liados en otros desórdenes que siempre surgían en momentos similares.
Apearon a todos los invitados y los guiaron, custodiados por muchos manes sangrientos e innumerables herramientas de fuego, a la tremenda rumba que se iba a organizar. A los soldados del Tuerto, los maniataron y dejaron en un galpón cercano. Al Tuerto, a una de las habitaciones de la casa principal, y a su mujer y a los dos hijos, a la otra. El Mono, acompañado siempre como una segunda piel por Róbinson, se fue derecho al galpón a encender la mecha de la fiesta. A los invitados principales los dejarían, como plato fuerte que eran, para los postres, para el final.