Todo esto pasaba por la mente del Mono mientras observaba al chapetón.
-Y dígame, hermano, ¿cuándo comenzaremos de nuevo con los envíos de terneros?
Robustiano permaneció unos segundos en silencio.
-Pues mira, tío. Sí regreso de aquí a dos semanas, mientras me organizó, vuelvo a situarme y recluto de nuevo a mi gente y los puntos de distribución, calculo que en..., dos, tres meses, más menos, podríamos comenzar con el primer envío; eso sí, pequeño para empezar, no vaya a ser que me se atragante con tanto polvo, ja, ja, ja.
Ambos rieron. Se entendían a la perfección. Los dos eran afables, con don de gentes, directos, pero cuando las cosas se torcían o tenían que demostrar quien era el que daba las órdenes, y sin perder la sonrisa de su faz, eran capaces de decretar una pena de muerte o ejecutarla ellos mismos sin abandonarles un ápice los nervios…, ni la sonrisa.
-Entonces…, todo bien. Organizamos su vuelta a las Españas para dentro de tres semanas, ¿le parece? Chequeamos que toda la documentación, la de usted, la de Paz y el pelao esté sana, para eso el Róbinson hablará con su llave en el DAS y que ese berraco compruebe con la Interpol toda la vaina, y desde ya comenzamos a organizar la primera mandada de merca para Europa. Me vale verga que después salga en dos o tres meses, pero quiero que usted, acá y ahora, y sabiendo ya como se alista todo desde la base, se encargue de todo. ¿Le parece, parcer? –termina el Mono de esgrimir el plan.