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LOS FLORIDA 55

27/9/2010

Por fin, y desde que habían partido de España, Paz se encontraba a sus anchas en un lugar. El apartamento hedía a lujo, la zona era maravillosa e inundada de una vegetación caníbal, y no les faltaba de nada. Contaban con servicio de esos de levantar la pestaña y acudir, vehículo con chofer permanente a la puerta y toda la seguridad que rodeaba el edificio, entre otras, una patrulla de la policía anclada en un lateral de la urbanización. Al nene lo escolarizaron de inmediato, en mitad del curso y en el considerado mejor colegio de la ciudad. Una llamada del abogado del Mono al director del centro, le abrió la puerta magna a la cultura. Paz se inscribió en un gimnasio de ensueño de la mano de Patricia, la pareja, su tercera, del colombiano.

Y el Robus, desde un primer momento, se puso manos a la obra con el fin de levantar de nuevo su estructura madrileña. Acudía a diario junto al Mono a la oficina que éste poseía en el Centro Financiero de Medellín. El Grupo Grajal, así llamado el emporio de empresas que le pertenecían, ocupaba todo el edificio de doce plantas. En la última, un demoledor despacho rodeado de cristaleras, era el bunker del Mono. A sus treinta y cinco años había llegado a lo más alto que una persona de ancestros humildes puede aspirar. Su papá había sido camionero en esos años setenta donde el negocio de la marimba despuntaba en la costa caribeña. Con su camioncillo de poca monta realizaba algunos portes entre Antioquia y la ciudad de Barranquilla, y así, en lugar de volverse de vacío, entretuvo sus viajes de vuelta haciendo el transporte de bultos de maría a su Medellín querida. Primero para el bacán del barrio, para después llevar su partida en la carga e ir aumentado su participación a medida que pasaba el tiempo. Su primera casita en los cerros fue creciendo hasta convertirse en mansión cerruna, para al cabo de los años, mudarse la familia al barrio de Envigado.