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MACUMBA 1

12/8/2010

Se conocieron en el negocio de ella. 

Él era grueso, de pelo lacio, ojos azulados y de una sonrisa fácil. Clásico en el vestir, usaba pantalón de pinza, camisa, terno y mocasines de la casa Castellanos. Cambiaba a diario de reloj y tenía una colección de varias docenas de marcas más que conocidas “made” en los cantones suizos. Conducía un Mercedes de enorme potencia y lo hacía lavar todos los días: no soportaba las motas de polvo en la carrocería ni las manchas de refresco en el tapizado.

Ella, la dueña del negocio, era esbelta, de espesa cabellera castaña, pomposo trasero, pechos a la medida y ojos acafetados. Alegre en su forma de ser y de vestir, manifestaba una liberalidad que, sin embargo, sólo aplicaba a su vida personal, no a la de quienes la rodeaban.

Cada cual cargaba con un matrimonio a sus espaldas. 

Él, casado en segundas nupcias con una andaluza de pro, no había pasado de ser hijo de, marido de, amante de. De padres nuevos riquísimos, casó con la hija de una de las mayores fortunas del país con la que tuvo dos hijos, y uno más, que de camino venía. Vivía de la sopa boba en la oficina de papi, con tremendo sueldo y tarjetas doradas para pagar lo que se le antojara. 

Así pasaron los años hasta que apareció esa andaluza de procedencia humilde, hermosa de formas y hábil en el tejemaneje de los negocios. Se había forrado vendiendo cremitas milagrosas de adelgazamiento. El de los ojos claros perdió la cordura por ese amor de novedad y mandó su pasado a paseo: padres, mujer e hijos. Se separó de la primera, casó con la segunda y tuvieron su primer hijo. Lo desheredaron sus papás riquísimos mientras no entrase en razón.