¡Soy un hijo de puta, un gran hijo de puta! Por lo menos eso es lo que dicen de mí. Es lo que consta en mi sentencia, no con esas palabras, pero la lectura de su contenido deja ver bien a las claras lo que piensan los magistrados. Vamos, que según la Audiencia Nacional he de consumirme en la cárcel de por vida. Por ello me juzgaron y me condenaron a veintiún años, de los cuales ya llevo catorce cumplidos.
Y no os creáis que en una sola prisión, no; he recorrido la geografía peninsular vagando de una a otra con el único fin de tenerme más controlado y de que yo no pueda retomar ningún tipo de relación con alguno de mis conocidos y contactos. Esto me ocurre por ser un F.I.E.S., un preso de alta peligrosidad al que hay que tener controlado y vigilado dentro de prisión.
Puede que haya traficado con drogas, también con armas, que haya tergiversado dinero entre diferentes países o colaborado con la guerrilla del PKK a fin de liberar a mi pueblo, y hasta haber acabado con la vida de algunos indeseables (que por supuesto se lo merecían), pero aparte de estos detalles, en el fondo, soy una buena persona. Y si no, juzgadlo vosotros mismos.
Yo, Neyat Nazen, nací hace cincuenta y nueve años en un pequeño pueblo de las montañas de la región turca de la Anatolia, cerca de la ciudad de Malatya. En Konak, mi localidad, vivíamos unas mil personas, todas de origen kurdo al igual que el resto de los habitantes de la zona.